Publicado en queaprendemoshoy.com
Hoy toca cuento: situémonos en el lejano oeste;
unos cuantos americanos deciden fundar una aldea perdida en algún lugar del
centro del continente. Para ello, a parte de las viviendas del puñado de
habitantes que allí se instale, deciden levantar una sucursal bancaria, una
barbería, un bar (tipo “saloon”) y… ¡un banco central! Con la idea de hacer funcionar la economía de la nueva población, el banco
central crea una nueva moneda
llamada dólar. En concreto, decide emitir
un billete de 100 dólares, y se los da a un ciudadano cualquiera (llamémosle
A). A, por lo tanto, dispone ahora de 100 dólares, y ese es todo el dinero que
existe en el pueblo.
A, cansado de tener el billete en el bolsillo y quizás temeroso de que se
lo puedan robar decide abrir una cuenta
y depositarlo en la sucursal bancaria, la cual pasa a disponer de
100 dólares en su caja. Otro ciudadano de la aldea, que podemos llamar B, pese
a no disponer de dinero desea fervientemente poder tomarse algunos whiskies
en el bar. Para ello, decide acudir al banco comercial y pide un préstamo a devolver en varios
años vista; el banco le concede un préstamo por valor de 90 dólares, ya que
prefiere reservarse algo en su caja de los 100 que dispone “por si acaso”. Así,
el ciudadano B pasa a tener en su cartera 90 dólares físicos.
B acude al bar, donde se gasta 10 dólares y los
otros 80 que le sobran, por seguridad, los decide depositar en la sucursal
bancaria, en una cuenta a su favor. El banco recibe 80 dólares, y los
guarda en su caja, anotándolos a favor de B en su balance. Así las cosas, un
tercer habitante C, que no dispone de dinero alguno, acude al banco para pedir
un préstamo con el cual poder ir a la barbería. El banco le da así 70 dólares,
que deberá devolver en cómodos plazos. Con ese préstamo, C podrá satisfacer sus
necesidades, esto es, cortarse el pelo y arreglarse la barba.
Llegados a este punto, paremos el tiempo en nuestro
nuevo poblado; ¿cuánto dinero
disponible hay en la aldea? Para averiguarlo, lo más sencillo es
preguntar a cada ciudadano de aquello de lo que disponen. Así, A nos dirá que
dispone de 100 dólares que tiene en el banco (y nos enseña su libreta de
ahorros donde lo verificamos); B nos dice que tiene también una cuenta abierta
con 80 dólares a su favor; el dueño del bar, dónde B consumió algunos
whiskies, nos dice que tiene 10 dólares en su caja; y, por último, C nos
enseña su billetera y nos muestra 70 dólares que acaba de obtener en préstamos,
con los que pretende ir a la barbería. La suma total se eleva a 260 dólares.
Sin embargo, ¿cuánto dinero físico
(monedas y billetes) hay en la aldea? Pues, que nosotros sepamos, el
banco central de la aldea solo emitió un billete de 100 dólares. ¡Magia! Parece
como si un milagro ha conseguido reproducir el dinero.
Este efecto, que no se trata de ningún milagro, se
consigue gracias al denominado multiplicador
del dinero; en toda economía más o menos desarrollada, el banco central
es el encargado de emitir la base monetaria (monedas y billetes físicos), pero
son los bancos comerciales, a
través de los préstamos y depósitos,
los que se encargan de engrasar la economía, haciendo circular por muchas manos esa base monetaria para así animar al consumo y a la inversión. Es por
ello que la confianza es un elemento fundamental en la economía: si no nos
fiamos de que nuestro dinero está en buenas manos, optaremos por retirar
nuestros fondos de los bancos (fenómeno que se denomina como pánico bancario),
y el sistema decae.


1 comentario:
"Confianza", "fiar"... Si se permiten un par de aburridos apuntes etimológicos, se podría señalar que tal sistema ha sido denominado "fiduciario" (del latín fides, -ei, "fe", "confianza"...), lo que demuestra la necesidad de un futuro en el que -se especula- que Billy Joe, su barbero y su barman seguirán "teniendo fe" en el valor los billetes. Desde la perspectiva emisora, en virtud de la declaración por la que el papel pasa a tener un valor material muy superior al del mismo papel, el sistema ha sido denominado "fiatista" (facio, facis, facere, faci, factum; "hacer", como es bien sabido), remarcando así la dimensión de producción -"hágase abracadabra más valioso este papelito"- absolutamente convencional en la emisión y puesta en circulación de esos mismos billetes... ¡Ah, el latín y su gente! Bien lo denuncio Virgilio en su Eneida: "Auri sacra fames..."
Publicar un comentario en la entrada